La Parroquia María Milagrosa, atendida por los Misioneros Paúles y situada en el barrio de Las Delicias, es una de las cinco comunidades donde los seminaristas del Seminario Diocesano de Valladolid realizan su labor pastoral de fin de semana, como complemento a su formación. En IEv acompañamos a Francisco y Simón, dos jóvenes que van descubriendo su vocación al ritmo de la vida parroquial.
Simón, de 31 años, está cursando su segundo año en el Seminario y, desde su ingreso, está sirviendo en La Milagrosa. Describe su actividad en la Parroquia como la de “un fiel más” que se ofrece allí donde puede ser útil. Su jornada dominical comienza muy temprano. Tras rezar laudes en el Seminario a las ocho de la mañana, se dirige al comedor —donde colabora junto con Mariángeles, la persona a cargo del comedor durante las primeras horas de la mañana—. A este espacio, adscrito al programa de Cáritas para personas sin hogar, acuden personas con problemas de salud mental y en situación de exclusión social grave que encuentran en este lugar algo caliente que llevarse a la boca y, sobre todo, compañía. A las 11 participa en la Eucaristía con niños y, al terminar, sigue con el acompañamiento de un grupo de posconfirmación, con adolescentes de entre 15 y 16 años, con quienes comparte experiencias y camino de fe. Además, participa en todo aquello para lo que desde la Parroquia requieran su ayuda.


Por su parte, Francisco, de 28 años, que encara su cuarto año en el Seminario y el segundo en la Parroquia María Milagrosa, centra su servicio en la catequesis de poscomunión, que la integran niños de 10 a 11 años. Le acompaña en esta tarea otro joven catequista, llamado Raúl, de 18 años. Su labor incluye también la participación en la Eucaristía dominical de las 11, con los niños y previa a la catequesis.
Para Simón, la parroquia es un espacio privilegiado donde crece en todas las dimensiones de su formación. Destaca el trato cercano, la profundidad espiritual, el aprendizaje que recibe de sacerdotes y laicos, y la experiencia pastoral de sentirse evangelizado por quienes encuentra en su día a día. “Es la aventura de transmitir algo del amor que el Señor pone en mi corazón”, afirma. Francisco subraya la riqueza de acompañar a una comunidad que “busca encontrarse con Dios de un modo frágil y humano”. El contacto con niños, jóvenes, adultos y personas en situación de vulnerabilidad le permite conocer la realidad de la Diócesis a la que espera servir. “Esto me ayuda a ofrecer del mejor modo posible a Cristo para que sea hallado en cada corazón”, explica.


La presencia de Francisco y Simón en La Milagrosa no solo fortalece su camino hacia el sacerdocio, sino que también enriquece la vida de la Parroquia. En esa convivencia sencilla y cotidiana, ambos descubren que su vocación se forja en gestos concretos, en el servicio humilde y en la escucha atenta del pueblo de Dios.

Recogido de https://www.archivalladolid.org/publicaciones/IEV459.pdf


Anthony Joseph Oropeza Morales
Seminarista en Valladolid


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